Ella no habla sino grita su calma…

El asfalto quema y por el se debe caminar aunque sea sin zapatos, cuanto más queme será señal de reconocer errores. Dar tu brazo a torcer no significa que seas idiota, sino que te conviertes en mejor persona.

Muchas veces nos empecinamos en tener la razón y no la tenemos, por el camino nos hacemos más sabios y aunque no podamos erradicar las lacras, nos sirven para subsistir mejor. A veces tragarse el orgullo a bocajarro es un don que desconocíamos, el mundo no gira alrededor en exclusiva de nuestro ego.

El soberano instinto de aprovechar la sombra cuando hace calor, la magistral clase de la destreza por descubrir, olvidar la lamentación y no guardar rencornunca justificar ni juzgar, tan sencillo como no dar la razón a nadie pero ser uno mismo que cae por su propio peso.

El que se gana a pulso sus calamidades, el que riñe, el que alza su voz, el que cree aprender y no sabe nada. Así es ella, hecha con sus latidos de esa gran máquina, sinceramente es mejor no dicutir que llevar la contra por que te labrarás un destino que no será el adecuado.

Sinceramente ella es pasajera de una vida escalofriante que la aprisionó pero le sirvió para volver en sí. Sinceramente se abrió en canal para poder facilitar una comodidad con la que reñía constantemente, era imposible despegar pero los aterrizajes eran vertiginosos. Sinceramente ella no habla sino grita su calma, vuelve a tocar la felicidad muy debilmente, aún así sigue siendo ella.

Otro pequeño relato de Otra pequeña de sus historias.

Por Mercedes Rodríguez 

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