Y sobre la bandeja de un negro azabache, teníamos tirados un puñado de tacos de jamón y queso regados con el mejor aceite de oliva. Justo al lado disponíamos de dos copas grandes de cristal, donde se apreciaba un color granate intenso. Fue unos de esos días en los que empezábamos a intercambiar anécdotas entre sorbo y sorbo de vino, no solo buscábamos la empatía o comprensión del otro.

Nuestras miradas se cruzaron furtivamente, estábamos perdiendo el tiempo, poco a poco el vino iba causando el calor deseado para decidir irnos a la ducha y de alguna manera refrescarnos. Nos cogimos de la mano y nos encaminamos hacia el baño. Nos despojamos de las pocas prendas que llevábamos puestas, nos metimos en aquella bañera, abriendo el grifo del agua y dejándola caer en nuestros cuerpos desnudos.

Sin mover un solo dedo, tu pene erguido y mis pezones rígidos nos llamaban a gritos mientras nos seguía cayendo el agua tibia. Buscaste con tus manos mis tetas, con suaves masajes las apretabas hasta que llegabas a hacer suaves círculos en los prominentes bultos del centro de mis aureolas, mientras con el suave gel fuiste enjabonando toda mi piel.

No podía contener más la naturalidad de inclinarme hacia tu miembro duro, estabas poniéndome la piel de gallina y te propuse un descanso mientras me deleitaba lamiéndote el glande y observando como tú palpitabas. Tus quejidos eran de para y sigue, me eché el correspondiente jabón en las manos y fui enjabonando aquel cuerpo que ya casi estallaba de placer. Las venas indicaban que faltaba muy poco para que llegase a eyacular. Nos enjuagamos y finalmente me pediste que parase pues sería ponernos más al límite para terminar en el sofá del salón.

Nos podía el deseo, como pudimos mal atamos unas toallas a nuestras cinturas y llegamos al salón donde nos esperaba aquel sofá. Como pude te empujé para que cayeras sentado en la posición idónea para poder ponerme encima y me subí notando como me penetrabas lentamente. Mi vagina se abría para ti, salvada la entrada empezamos con aquellos movimientos efusivos que producían más placer.

Yo mordisqueaba tu cuello y tu lengua acarciciaba mis senos, supimos al unísono que era el momento de juntar nuestros jugos, cuando el silencio se rompió con el enorme orgasmo que salió. Jadeábamos como si no esperásemos ese fulgor, gratificante el no poder movernos en minutos hasta volver en si. De nuevo habíamos calmado el origen de nuestros vínculos carnales, impacientes por volver a ser protagonistas sin descanso.

Por Mercedes Rodríguez 

Publicado por UpPersonBlog.com

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2 comentarios

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  1. Me dejaste sin palabras todavía estoy cogiendo aire para recuperarme y quedaron en mi retina la tapa de jamón más las copas de vino quedan pendientes